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miércoles, 23 de octubre de 2013

Sandro Dolin


Para mí la literatura es una broma.
Si un libro no me hace reír, sólo me sirve
para limpiarme el culo.

Anónimo


Eran pasadas las 3 de la mañana. Todavía no podía dormir. Me había tomado 1 té de tilo, o 2. No recuerdo. Había escuchado 1 poco de jazz. Mingus, Coltrane y Miles Davis. Pero nada me hacía dormir. Nada me daba sueño. ¿Cómo podía hacerme dormir el jazz? Los tecitos tal vez ayudarían 1 poco a impulsar el proceso hacia el letargo; pero el jazz... Hmmm, diría la nutria. En realidad, no tenía ganas de cerrar los ojos. Quería, (en el fondo lo sé), escuchar jazz y tomar té. Pero no toda la noche. Eran más de las 3 y todavía no tenía sueño. Ergo, me tomé ½ clonazepam. ½ rivotril. 0,5mg. Y, en pocos minutos, encaré para el mundo de los sueños. Soñé que viajaba en 1 camello con ruedas. Tenía 4 ruedas inmensas en lugar de 4 piernas delgadas. Tenía unos anteojos puestos (el camello; yo no. Yo tenía 1 remera con la imagen de la portada de 1 libro de Roberto Bolaño; 1 pintura de Jack Vettriano), y cantaba. El camello pisteaba a unos 113 km/h y cantaba. Cantaba scat. De repente llegábamos a 1 especie de cubil donde yo me bajaba del camello y entraba. Tenía que buscar a unos zorros que habían robado el Tesoro de Tombuctú. Yo era 1 suerte de agente encubierto que tenía que arrestarlos y recuperar el tesoro. No había ningún zorro en el cubil. No había ningún tesoro. Sólo encontré 1 dibujo. 1 dibujo de 1 sándwich de huevo. Muchos sabrán de qué dibujo les hablo, otros, quizás no. (Les doy 2 pistas. 1era pista: ese dibujo apareció en 1 serie de televisión mexicana de los años 70’s. 2da pista: ese mismo dibujo se dibujó en papel amarillo). Agarré el dibujo. Me lo metí en el bolsillo (¿y si el dibujo era el Tesoro de Tombuctú?) y volví a montarme al camello con ruedas. Los anteojos del camello eran como catalejos para poder visualizar paisajes en 3 dimensiones, pero en calidad de bits similar a 1 pantalla del Carmen Sandiego. Imagínense, ustedes lectores, lo chocho que iba ese camello: ruedas velocísimas y perspectiva en 3 dimensiones. 1 camello que no tenía sed, señores. 1 camello más rápido que 1 guepardo. Más tarde, (parecía como si hubiesen pasado 2 horas oníricas), nos encontrábamos en 1 ruta llena de camiones: mamotretos estacionados en el ½ de la ruta. El camello-bólido los superó en 1 periquete. A lo lejos, sobre la ruta, se veía 1 fata morgana hermosa… después ya no recuerdo más nada. Poco a poco empecé a ver todo de color blanco. Cada vez más blanco. Y en seguida, 1 leve brillo y 1 color que se fundía del blanco hacia el amarillo. La ventana. La luz que entraba por el visillo. El sonido de la trompeta de Miles Davis que todavía sonaba de fondo porque había dejado el disco en repeat toda la noche. Sonaba “So what” sonaba. (No hablés en capicúa no hablés). Me levanté en estado naboletti a causa del efecto rivotrilezco. Tremendo sueño había tenido. Tremendo y absurdo. ¡Qué rivotrip!, pensé. (Si por trip se entiende viaje). “¿Y qué?”, diría Miles Davis. Y nada. Eso. Me levanté. Me puse las pantuflas que me regalaron. Parecen botas de cowboy, pero confeccionadas en lana. Me las clavé a los pies y fui hasta la cocina. Alto féca me preparé ahí. Con tostadas y mermelada de naranja. De esas que tienen cascaritas. Esas son las que juegan. Esas son las que te sientan bien para arrancar el día. En el laburo lo mismo de siempre. La misma rutina obligada día tras día. Entré y saludé a todos mis compañeros con efusivos apretones de manos. “Buen día. Buen día para todos”. Y nada. Eso. En el laburo, mejor dicho: en el baño de la oficina donde laburo, me eché 1 garco colosal. O como diría mi hermano: 1 “Gark Vader” (por el personaje de Star Wars), o... 1 “David Garcañan” (por David Nalbandian, el tenista), o... 1 “Tigre Garqueta” (por el actual DT de C. A. Vélez Sarsfield: Ricardo “Tigre” Gareca), o... 1 “Gark Side of the Moon” (por el disco de Pink Floyd), o… y podría seguir ejemplificando... pero basta. Hasta acá. (Me extendí demasiado con las ejemplificaciones). Las tostadas con café negro surtieron el efecto laxante deseado. Ese día, en el laburo, no tiré la cadena del baño y el Capo di tutti capi de la empresa se enojó y me suspendió por 3 días. “Nada de teresos flotando”, me dijo. Y me lo dijo serio, como gato cagando en la garúa. Y nada. Eso. 1 anécdota. Ahora estoy en mi casa al cohete. Suspendido. Escribiendo estas boludeces para entretener (o no) a quién las lea (si alguna vez se publica: está claro), esperando a que pasen estos 2 días que faltan para volver a la rutina habitual que me condiciona. Espero haberles sacado, al menos, 1 leve esbozo de sonrisa (aunque fingida), queridos lectores. 1 consejo de buena voluntad: acuérdense de tirar la cadena después de cagar. Saludos para todos, y todas.


Sandro Dolin (Santa Fe capital)



Sofía Storani

Rojo sangre y verde selva


Absurdo como todo lo mío, me embarco en el mar de la memoria. No me sonrío en el bullicio, solamente me abstengo de lo quisquilloso de todo esto. Pensar ya no me viene bien. Actuar, sólo por instinto. Y machacar la conciencia como cascarudos omnipresentes. Te alabo, gloria exenta de porquerías. Sin embargo, no me almidono con desparpajos. Suelto el silencio errante, la magia subyacente del pasado. Me embarduno de incoherencias y no me arrebato en una estrella. No puedo dormir, amor, me embriagan las esencias. Y cada parte me llama el todo. Y yo no soy más que un harapo sucio. Pero esta vez ya es demasiado.

Me molesta todo esto porque no se cual es mi papel. Qué debo hacer, a dónde debo ir, dónde está mi lugar en el escenario. Acaso me esfumo en la penúltima escena para dar lugar a lo imposible? entre mas matorrales, llenos de escarcha, de niebla fina y espesa. Y mi amor se diluye o se doblega, pero no se rinde en su centro.
Sobrar. Por hybris o por pathos. Siento ser en tu mente una masa amorfa que se desborda de sus límites, como un crecimiento acelerado que sobrepasa los límites de su figura y excede las pantallas en dos dimensiones, que cobra cuerpo, color, olor, que se desdibuja y lo invade todo, lo inunda. Y eso te mata.

Siento que tengo que tomar una decisión extrema ya, pero no. Por favor, dame tu pequeña paz alada para alejarme de toda la abigarrada nube de pelos y cicatrices infecundas. De esa esfera infundada de miseria que me sacude incontinentemente. Y me miente. Y me teme. Ya no soy yo. Pero me niego tanto. Que ha sobrepasado los límites de lo mismo para irse más allá de lo reconocible, que ha entablado alianzas con lo irreconciliable y que ha hecho pactos con lo ineludible, para no nombrarlo. Y vos me ayudas a medias porque también me acompañás en esta tragedia. Oh querido Jasón, yo no mataré a tus hijos. Te dejaré el camino libre para añorar sin esperanzas esos que nunca tuviste. ¿Porqué me enfermo con estas falsedades? Amor y magia, signo y olvido. Soldado de barbarie. Síntomas desconocidos. Suspenso. Horror. Sonidos.
Perdón!. no soporto el silencio que aúlla. Y en realidad no pertenezco a ningún lugar. desobligar a la calma no es cosa nuestra, pero si me pierdo, si me aborrezco en lo inocuo de estas palabras, es que me estoy mintiendo. No necesito que me contestes con ninguna canción. Ya va a sanar mi corazón. Pero lo que más necesito es que te alejes un poco más.

Dame la mano.


Sofía Storani (Santo Tomé - Santa Fe)



Enrique Urbina

Miedo


El monstruo atacaba. Podía escuchar los gruñidos y las uñas que rascaban la madera que sostenía al colchón. Necesitaba enfrentarlo si no quería sucumbir ante sus garras. Había varia formas, unas más sanguinarias que otras, pero evitarlo ya no era una opción.
 Tenía que hacerlo, aunque peligro siempre estuviera ahí. El espanto.

Si encendía la luz, la sombra del terrorífico se escaparía por un extremo, donde fuera visible su silueta; el contorno repugnante se definiría, al fin. Las manchas de sangre se dejarían ver, reflejarían la luz y el horror que yacía debajo de su cama. Destaparlo con la luz era demasiado arriesgado, sus ojos de muerto petrificarían a cualquiera.
Podía esperar, que el tiempo se lo llevara en sus aguas; el cauce del río arrastra todo hasta despellejar cualquier memoria. Tal vez, pero el monstruo era aferrado a la vida y a su sangre. Dejarlo al tiempo era también volverse pasiva y descubrirse, error que no se podía permitir cometer.
           
El monstruo gemía. Intentaba golpear la cama para atravesar los resortes y arrancar el corazón de su pecho, pero las sábanas y colchas la blindaban de todo mal; así fue escrito y acordado hace milenios.
 Aunque eso no funcionaría por siempre.
Tenía que dormir y lanzar a la suerte su cuerpo, darle la oportunidad de penetrar las defensas. Ahí, cuando en su mente creara y explotara mundos, el de abajo podía inundarlos de pesadillas y hacer que su mente se suicidara antes de que ésta se uniera de nuevo con su forma. La vigilia era la vida; el sueño, la muerte.

Aún lo evitaba.
Cerrar los ojos ayudaba un poco. Poco.
El olor a carne podrida de él estaba adherido a su ropa, a su cabello y a su piel.  No se iría, al menos que lo castigara de nuevo. Oía la lucha del monstruo por alcanzarla. La sepulcral garganta de aquello que estaba debajo suyo producía sonidos guturales que le congelaban la sangre. La llamaba por su nombre. Y cada vez que lo hacía, ella sentía como si fuera desgastado, quebrado y escupido.
El fin se acercaba para uno de los dos.

Tendría que bajar de la cama, hacerse vulnerable, mostrar los pies con la posibilidad de que una tenaza aprisione y cercene uno. Palpó debajo de su almohada, buscando el cuchillo ensangrentado. Tal vez lo usaría de nuevo. El Arma del Principio y el Fin.
De un salto voló desde la cama hasta el piso. Sus pies se mancharon de rojo. Cerró los ojos, la punta del cuchillo atravesó la carne, pero no hubo ningún alarido ni movimiento.
Miró.

El monstruo, descansando sobre un mar de su propia sangre, por fin no se movía. La guerra estaba ganada, pronto llegaría la descomposición, y con ello, el cadáver se uniría a la colección de huesos apilados debajo de la cama, donde jamás se les ocurriría buscar a los curiosos.


Enrique Urbina (México)
e-mail: quiqueuj@gmail.com


J. J. C.

Joel

El primer recuerdo que tengo de Joel es en el club San Martín. Blanco y pecoso. Muy pecoso. Tiene una remera rayada y pantalones cortos por los que deslizan sus piernas flaquitas. También blancas, pero no pecosas. Lo tengo agarrado de la remera rayada y con la otra mano sostengo un palito que en la punta tiene caca.

Yo por mi parte tengo caca en mi remera blanca. No lo recuerdo claramente, pero supongo que Joel me debe haber manchado. No recuerdo claramente ese punto, pero si recuerdo un sentimiento de ojo por ojo.

Joel me dice que si lo mancho me pega una piña.

Alrededor, una veintena de chicos de nuestra edad. No me acuerdo si es un cumpleaños o una clase de gimnasia. Debe ser un cumpleaños, porque tenemos edad de primaria y recién en la secundaria empezamos a tener clases de gimnasia en los clubes del pueblo.

El club San Martín es un predio enorme con distintos sectores bien diferenciados, el edificio, la cancha de básquet, la pileta, la cancha de fútbol y el parque. Nosotro estamos en el parque, entre el quincho y la cancha de volley playero.

Me manchas y te pego una piña.

Alrededor, la veintena de chicos alienta a que concrete el acto y, como tocándolo con una varita mágica, acerco lentamente el palito con caca hasta que hace contacto con su remera a rayas.

Pum. Me sienta de una piña y los ojos se me humedecen enseguida. Me quiero largar a llorar pero me aguanto como puedo. Los otros chicos lo empiezan a empujar a Joel, le gritan cosas, lo insultan, le dicen testigo de Jehová, confundiendo su religión, porque Joel es evangelista.

Lo siguiente que recuerdo es llegar a mi casa llorando y abrazar a mi mamá.

J. J. C. (Santa Fe)  
blog: 
http://www.juanjoconti.com.ar


martes, 22 de octubre de 2013

Dante Vázquez

Un sueño

La habitación en penumbra. Del centro del techo brotan escarabajos, escorpiones, cienpies, viudas negras, caras de niño y otros insectos. Una luz blanquecina resguarda de sombras exteriores los pasillos. Puertas. Consultorios. Entradas. Salidas. Escaleras. ¿Qué busca?, se escucha. ¿Para qué? Dos enfermeras sonríen entre sí frente un elevador. Cuarto piso. Un baño descuidado. La calle es un hormiguero de algarabía carnavalesca. Las caderas de Arely son un poquito más anchas. ¡Ven!, grita contenta; es una cama de trigo al aire. Besos almibarados. Caricias sedosas. Mordidas secretas. Abre sus alas. Un rastro de sangre en el suelo. Marcas carmesí en las paredes. Cálida y húmeda oscuridad. El principio. El fin. El destierro.El regreso. La risa de una niña rasga la aparente inmovilidad del sonido. La pequeña corre hasta volverse destello acanelado. La mirada de Silvana. La sigue. El mismo lugar.Una asistente médica se acerca lentamente. La Dra. Agelik no podrá atenderlo, pero no se preocupe ya anoté una nueva cita en este carnet, dice amablemente. Un pestañeo angélico. La mano de Yvo arrancando un diente de león de una jardinera del patio donde está una fuente de verdes enredaderas. El viento sopla impetuoso. ¿Qué busca? ¿Para qué? El horizonte es una sábana de colores rosas y violetas. Una zorra platinada salta y salta y salta frente a ellos. Van tras ella. Poco a poco se disuelve en un río cristalino de un valle de gerberas. Un águila dorada observa sobre las nubes. Está a la vista. Saciará su hambre.


Dante Vázquez (ciudad de México)
blog: http://dantevazquez.wordpress.com/





domingo, 7 de julio de 2013

Leandro Forti


El último caso de Sherlock

Es medianoche. Una puerta que se abre y una mirada fija lo interrumpen. La cadencia del instrumento calla entre las manos del héroe. En la habitación de Baker Street, aquél esperará sentado, frente al brazo recto de su amigo, la respuesta de este enigma sin índices.

– ¿Por qué, Watson?

– Debería saberlo, mi querido Holmes… porque es elemental.

El médico, por vez primera, obedece a la pulsión y la voz del arma impide que el detective oiga la última sílaba.


Leandro Forti (Santo Tomé - Santa Fe)
facebook: https://www.facebook.com/leandro.forti.73

Marcelo Homero Ruglio

Hace un par de días descubrí una manera muy eficaz de matar moscas con la mano...

Primero ubique una mosca alrededor suyo. A continuación, concéntrese y enfoque al veloz animal entre sus ojos. Prepare su mano más hábil, ubíquela por detrás de su cintura e incline levemente su cuerpo en dirección a la mosca (procure en este preciso y lento movimiento nunca quitar su mirada del animal y estire a cuenta gotas el cuello en dirección a la misma). Una vez detenido su cuerpo, y con el objetivo a la vista, viene el momento más importante de todos, el momento de "intuir" hacia dónde saldrá disparada la mosca una vez que usted ejerza su primer movimiento asesino.

Tomada la decisión intuitiva, lance con gran rapidez un manotazo en la dirección acordada entre sus sentidos y su alma. Si tiene éxito y la mosca salió acorde a sus expectativas, se estrellará en su desquiciada mano, caerá moribunda y "zigzagueante" hasta estrellarse en el respaldar de la silla que ocupa el lugar de su hija en la mesa. 

(No haga sufrir al animal, si aletea en el mosaico ¡píselo!).


Marcelo Homero Ruglio (Santo Tomé - Santa Fe)

Iván Medina Castro

Sueños de una noche de verano

-No veo nada –fue tan sorpresivo-; es inútil hurgar en mis recuerdos, no sé quiénes los masacraron: el ejército, los narcos, la policía fronteriza o el maligno –sí, el demonio, pues hasta me pareció oler el azufre mientras dirigía a sus esbirros-. Una vez iniciada la ráfaga de AR-15 los doce allí reunidos en el páramo salimos como enjambre en busca de un lugar donde podernos resguardar. El ruido incesante de ese fusil por vez primera me aterró, pues lo conozco a la perfección, tan bien como los ronquidos de mi mujer. Cargué ese tipo de arma durante mi participación con la guerrilla hasta que la entregué el día de la firma del armisticio. Yo me salvé de pura suerte. Ahí mismo donde estaba en cuclillas quedé parapetado haciéndome pequeño junto al cuerpo agujereado de Camilo que me procuró en todo momento protección. Inerte, con los ojos bien cerrados, conteniendo hasta el maldito soplo mientras borbotones de sangre anegaban mi cuerpo. De pronto, el eco macabro del griterío se deslizó hasta perderse en el río y la balacera desapareció, úni-camente los perros continuaron con sus aullidos lamentando la tragedia. Abrí los ojos y de soslayo con un repaso acelerado y suspicaz miré hacia donde creí procedía el terror. No enfoqué nada en concreto, únicamente un mar de polvo azulado que terminó por cegarme, lo que bastó para sumirme en un ensueño taciturno y perenne.

Iván Medina Castro (México)
e-mail: imc_grozny@yahoo.com

sábado, 6 de julio de 2013

Carla Raiteri

y de repente volvió a tomar color

Se había vuelto negro el día, todo parecía en blanco y negro, no había colores, era su realidad, su vida estaba toda de negro, llamaba la atención con su mirada triste caminando a paso lento, mirando a su alrededor no había mas que palidez.

Todo se está volviendo negro, ¿por qué tanta tristeza? ¿Qué paso con la alegría y los colores del día?, se habían robado de repente su felicidad, todo se estaba transformando, su luz ya no encandilaba, de lejos se podía percibir un poco de sol, sus sueños estaban hechos de recuerdos, ya no soñaba, estaba sin presente, ¿donde estaban sus miedos?, se había quedado sin miedos, y la frialdad en su máximo esplendor no dejaban mostrar su mejor sonrisa.

Y el día seguía negro, las rosas marchitas en el jardín, la tristeza un círculo infinito en su morada, todo tirado al abandono, ¿que había hecho de su vida? ¿Porque estaba tan triste?, todo parecía vacío, sin ruidos, la soledad golpeaba el alma y el futuro se echaba atrás.
Pero se ilumino, sola volvió, revivió y tomo sus colores, su vida despertó, su corazón volvió a latir, y en su jardín las rosas más hermosas que nunca había visto, y la luz, su luz es la más fuerte de todas, y ni hablemos de su sonrisa; la mas enamoradiza, ahora dime ¿que hacemos de la vida?


Carla Raiteri (Paraná - Entre Ríos)
blog: carlitaer

Juanjo Conti

Bermellón

Entorné los ojos para enfocar y entender lo que estaba viendo. Dos puntos luminosos, uno arriba del otro. Luego el campo de visión se amplió y aparecieron unos números en el panorama. El reloj digital indicaba las dos y diez. Al costado, sobre la misma repisa, mis herramientas. Pinceles, lápices y la cuchilla con la que saco punta a esos lápices. Me desvestí de las sábanas usando las piernas y con un movimiento que a mi edad podría calificarse de ágil, dos segundos después, tenía los pies enfundados en las pantuflas de paño. Arrastré las suelas de goma por el atelier, tomé un pincel con la mano derecha y continué donde había dejado al caer rendido ante el ataque sorpresivo del sueño.

Mientras trabajo no puedo dejar de pensar en María. Ella duerme en la habitación, silenciosa. El camastro en el taller me permite trabajar durante la noche, tomando pequeñas siestas de media hora sin molestar a mi esposa. Cuando los primeros rayos de luz entran por la ventana, dejo todo y voy a dormir a su lado. Cuando me despierto al mediodía, ella ya está terminando alguna clase. Almorzamos juntos y vuelvo a trabajar.

Estoy convirtiendo una de las paredes del taller en un nuevo mural. Me gustan los murales. Huelen a inmensidad, a sin frontera. Para completar un mural uno tiene que dedicarle semanas, en oposición a un cuadro chico, tal vez una naturaleza muerta, que se puede completar en a lo sumo dos días. Gracias a esta cantidad de tiempo requerida por la obra es que se logra desarrollar una onda sensación de pertenencia. En ambos sentidos. En el más clásico, la obra te pertenece, puesto que la creaste. Pero en uno más metafísico, es la obra la que te empieza a poseer. Te pide más, dicta su desarrollo, expande sus límites. 

El mural en el que estoy trabajando ahora se llama Revuelta o tal vez termine llamándose distinto. Muchas personas se han juntado en una plaza a manifestarse. Llevan carteles y pancartas. Insignias y lemas. Rostros y banderas. Yo mismo me veo en la revuelta. Soy uno más y a la vez soy todos. Pinto horas enteras sin descansar. El olor a pintura fresca me llena y me vacía. Inflo mis pulmones y soy irrigado. A mi alrededor, el taller. Trapos sucios, latas, botellas. Olor a aguarrás y resinas. Pinceles y paños. Luces y sombras. Colores y engaños. La fuerza creadora me eleva. Y para materializar la metáfora me subo a un andamio y pinto la parte superior del mural. Puntas de lanzas que rasguñan el cielo. Gritos y plegarias que ascienden. Y ahí, desde arriba, escucho al gato de la vecina en la ventana. Maulla y araña el vidrio como queriendo entrar. No, ahora no puedo. No molestes, estoy trabajando. Pinto, delineo, coloreo. Ropa sucia, pinturas y otras obras. Todo, escenario de la actual concreción. El gato sigue maullando y me interrumpe. No ahora, no. No te puedo dar de comer. Sigo pintando. Amarillos, bermellón. Negros, grises y marrones. Hay fuego. Multitudes. El pueblo grita, se exalta, canta. Y yo soy su voz. Tengo que pintar para que puedan gritar, exaltarse, cantar. Si no pinto no existen. El gato sigue molestando, ahora con más insistencia. Mezclo lo que queda de naranja con bermellón sobre la tapa de una lata. Cargo el pincel y sigo. No puedo detenerme. Ahora son estallidos. Columnas de fuego y humo circundan la escena. La parte derecha del mural explota en una batalla campal entre el orden y los que se manifiestan. Yo soy su arsenal, el que le carga las armas, el que fabrica sus balas. Sin mí no tienen con qué disparar y la batalla está perdida. Siguen los estallidos y las explosiones. Amarillo, naranja, bermellón. Sigo pintando. Y el gato de la vecina golpea el cristal con sus uñas. Y aprieto el pomo de bermellón y ya no queda. Lo exprimo, lo estrujo, lo estrangulo. No salen más que las últimas gotas. Pero el mural no está terminado. Me pide más, me interpela, me exige. El pueblo me grita, me necesita. Están perdiendo la batalla. El fuego también me reclama. Y el gato vuelve a maullar. Y por primera vez lo miro. Lo miro a los ojos. Desde el andamio. Dos, tres metros elevado sobre el atelier. María duerme. Estiro el brazo y muevo el barral que abre la ventana. Y el gato entra. Corre. Entra corriendo y se para junto al platito que le hace a veces de comedor. Me bajo fatigado. Malhumorado. Quería seguir pintando, no ser interrumpido. El gato me mira, confiando que como siempre voy a abrir la bolsa de alimento balanceado. Sirvo una porción en el platito y lo dejo comer un rato. La cuchilla está al alcance de la mano y con un movimiento que a mi edad podría calificarse de ágil, dos segundos después, le separo la cabeza del cuerpo. Dejo la cabeza comiendo del platito y me llevo el resto arrastrado por la cola, chorreando gotas bermellón.


Juanjo Conti (Santa Fe capital)
blog: Juanjo Conti

martes, 11 de septiembre de 2012

Juan Felipe Galindo Márquez

Yin 陰

Brotamos de la tierra. Nacimos en la noche pues nuestra piel tan clara no hubiera soportado la potencia del sol. En ese estado primigenio nos revolcamos desnudos y aparentemente inconscientes. La humedad nutrió nuestro espíritu y fue configurando el carácter. Luego, el fuego se encargaría de sellar nuestra piel, no éramos como los animales que viven en el agua, y necesitábamos curtir nuestro cuero para que no escaparan los fluidos y perecer en la disolución.

Crecimos fuertes y arrogantes. Aprendimos a trabajar. Sentimos nostalgia por la tierra y la penetramos con hierros y azadones, sabíamos de su fertilidad. Aprendimos el orgullo y el castigo.

Pero al final de la jornada, cuando el sol se pone, una irremediable melancolía nos invade. El ocaso es una hora fatal, donde muere el día y sus motivaciones. Todo se vuelve de un gris azulado que no llega a establecerse jamás. Aunque creemos saber lo que vendrá luego, renace el ancestral temor a lo indefinido. Pero el temor no importa, nos sumergimos en la noche pues necesitamos disfrutar y morir, aunque sea un poco. Sólo así soportaremos vivir al día siguiente.

Llega la noche y sólo hay dos caminos. Buscar refugio en la morada que ya hemos construido, donde nos creamos un nicho cómodo, confeccionado de seres y objetos que intentan convencernos de su constancia y previsibilidad. O sumirse en la noche, arremeter de frente contra ella, aunque sepamos que es imposible encontrarle cara y que irremediablemente vamos a sucumbir a la multiplicidad.

La noche despliega unas calles infinitas, llenas de sombras, licores humeantes y cuerpos blandos. Es el imperio de lo imprevisible, la naturaleza recobra el poder que parecía haber cedido a la ciudad del hombre y su luminosidad.

El hombre domestico buscó refugio en su morada cuando el sol, que lo protege y lo castiga, se ocultó. Obediente y consciente de no poder huir de la oscuridad se internó en ella de la manera más convencional. Entró a la casa que construyó en los días de sol, con ladrillos de tierra. Se acostó con su mujer y se hundió en lo negro de sus entrañas, jurando hacerle un hijo que le sirviera de justificación. Pero este hombre no escogió un destino diferente al del vagabundo o el borracho que se zambullen en la noche, pues él naufragó en los infinitos del sueño y el amor.

Por eso, al día siguiente, el hombre se renueva al tomar otro camino, otro surco en el ciclo eterno. Él, al igual que todos, fuimos uno y otro hombre, fuimos domestico y vagabundo, y volveremos siempre a serlo.

Juan Felipe Galindo Márquez (Colombia)
blog: Juan Felipe Galindo